dissabte, 24 de setembre del 2022

Bajo el Signo del Lobo, Capítulo III

 

CAPÍTULO III

LA AURORA DORADA

 

Londres, 20.30 h. del 22 de febrero de 1895.

 

La densa niebla enterraba la ciudad en una oscuridad asfixiante. Se abrazaba a la tenue luz de los farolillos, dejando ver apenas un par de metros ante los pies de los escasos caminantes. La sombra de Jack el destripador todavía inundaba de fantasmas las mentes de los londinenses. La prensa no ayudaba demasiado a olvidar aquel fatídico episodio de sangre y ensañamiento, aunque hacía ya cuatro años de la aparición de la última víctima. De los ochenta detenidos que Scotland Yard había practicado durante aquel periodo nunca se llegó a confirmar, a ciencia cierta, que alguno de ellos fuera el verdadero destripador. Ni las gruesas bufandas de lana escocesa, ni los tupidos abrigos, evitaban que se helaran los huesos y se acobardaran las carnes de aquellos que se atrevían a pasear las calles desiertas.

Para los miembros de la Orden Hermética de la Aurora Dorada, aquella reunión de la Orden Interna, era absolutamente sagrada. Ni tan siquiera el temor a ser asaltado en cualquier estrecho recodo maloliente era impedimento para asistir puntualmente a la cita.

El golpeteo de los bastones de los elegidos, y los tacones de las féminas, que resonaban de entre el silencio de la noche, anunciaban su llegada a la sede.  El mayordomo, acostumbrado al repique en los adoquines, distinguía perfectamente quién era quién.

―Sir MacGregor, ¿Me permite la capa, el sombrero y el bastón?

―Por supuesto. Gracias.

Samuel McGregor Mathers, siempre era el primero en llegar. Aunque, en estos encuentros la puntualidad inglesa se evidenciaba especialmente.

―Sir Fortune, ¿me permite?

Dion Fortune, era un hombre de pocas palabras. Su irritabilidad, la mayoría de las veces, acababa en disputas dialécticas, sin importar demasiado el motivo.

Al flemático sirviente, siempre le había llamado especialmente la atención la preciosa cabeza de serpiente que coronaba el cayado de William Buther. El bermellón de los ojos del animal le sembraba escalofríos, bajo la inmaculada blanca piel de marfil.

Uno a uno, con la seriedad que requería el momento reflejado en el rostro, fueron apareciendo de entre aquella húmeda calígine; debían incorporarse a la congregación para la que habían sido citados. En un misterioso silencio, todos permanecieron de pie tras las butacas designadas. Un imponente triángulo de la logia masónica abarcaba la mesa circular que presidía la sala. En el centro: un cráneo humano, un reloj de arena calibrado a la perfección, a dos horas ―el tiempo exacto que duraban las asambleas―, un enigmático cofre de pequeño tamaño —del que decían contenía la llave de la puerta a la otra dimensión—, trece velas encendidas, y una especie de diario masónico de tapas roídas por el paso tiempo.

Sobre la mesa, ante el imponente sillón de terciopelo todavía vacío, reservado al Magister Templi: a la izquierda una espada y un cuchillo, desenvainados; a la derecha, el bastón de mando; en el centro un cuaderno cerrado, pluma y tintero; y en frente, dos candelabros sosteniendo las velas apagadas, entre los cuales descansaba una estrella de David en bronce; Un enorme blasón: con el rostro de un ángel, la cabeza del águila, la del toro y la del león, dominaba el frontal de la estancia. Justo al final de la habitación, un altar presidido por el triángulo del sol naciente, mostraba un águila de dos cabezas, de oro macizo, escoltada por un par de velas, sosteniendo la fusión de sol y luna con sus picos.

Repicó tres veces la campanilla.

―Damas y caballeros, el Magister Templi ―anunció, imperturbable, el mayordomo.

Sir William Wynn Westcott apareció por la puerta principal ataviado con un traje blanco de seda, cubierto por una capa rojo rubí, la cruz de la logia Rosacruz colgando en el pecho y la cabeza semi oculta por una corona sejemty, entremezclando el blanco plateado con franjas escarlata. Sin prisas, se dirigió a su butaca. Tomó asiento. El resto de miembros lo imitaron.

―Damas y Caballeros, sean bienvenidos a esta nueva asamblea de la Orden Hermética de la Aurora Dorada. ¿Supongo que todos los asistentes conocen el motivo del encuentro? Con la expulsión, el año pasado de Sir Aleister Crowley, por la revelación de secretos, nuestra Orden ha quedado herida de muerte.

Haciendo gala de su desbordante curiosidad, la bella Florence Farr pidió la palabra.

―Permítanme un inciso antes de abordar lo que nos concierne, si no es molestia ¿alguno de ustedes tiene conocimiento de si han aparecido novedades en lo referente al destripador?

―Señorita Farr, desde la presentación el año pasado del Memoradum de Meville Macnagthen, dónde se señalaban tres sospechosos, según mis contactos, ni una sola pista más. Parece ser que el Comité de Vigilancia de Whitechapel que organizaron los ciudadanos ha hecho razonablemente bien su trabajo. ―aseguró Sir William Robert Woodman.

―Bien, contestada la cuestión: prosigamos ―convino el Magister Templi.

Sir Kenneth McKenzie, un miembro iniciado en Austria por el Code Appoyl, pidió la palabra.

―Si me permiten. Yo, considero que todo empezó en el momento en que rompimos relaciones con la señora Ana Sprengel. El intercambio de información con la Logia Rosacruz de Oro alemana nos aportaba los conocimientos necesarios para seguir adelante con nuestro proyecto.

―Lo que realmente se precisa es avanzar en las múltiples dimensiones y hallar el punto de conexión. Sería nuestra consagración definitiva. Pero para alcanzar el reto debemos apostar fuerte, caballeros ―apuntó, Stoker.

―Bien, damas y caballeros, tengo la necesidad de hacerles partícipes, de ciertas noticias, que podrían cambiar por completo el enfoque de nuestras investigaciones ―aventuró William Butler.

El Magister Templi le indicó, con un gesto que prosiguiera.

―Cómo todos ustedes saben, en 1851, el gobierno de EE. UU., firmó el Tratado de Fort Laramien, en el cual se establecía una gran zona en el Parque Nacional de los Glaciares de Montana, frontera con Canadá, cómo reserva india. Allí, cerca del río St. Mary River, se estableció la tribu de los Blackfeet, que se dedicaba a la caza del búfalo. La presión del hombre blanco sobre estos animales provocó una notable reducción de ejemplares con la consiguiente arribada de la hambruna para la tribu, que ha acrecentado desde hace unos dos años.

―Perdóneme, no quisiera faltarle al respeto pero no llego a entender dónde quiere ir a parar ―incidió Fortune.

―Lo entenderá, no se preocupe. El 21 de noviembre de 1888 la mujer del jefe de la tribu, dio a luz un varón. Este portaba una marca de nacimiento en la espalda: la cabeza de un lobo. Según el calendario indio, los nacidos entre el 23 de octubre y el 22 de noviembre, lo hacen bajo el signo de la serpiente, y son seres con poderes oscuros. Suelen tener las capacidades extrasensoriales para la hechicería, la medicina o el ocultismo. Aunque no nació bajo el signo del lobo, según el chamán de la tribu la marca de nacimiento lo hace poseedor de las cualidades de los lobos: son individuos espirituales, que pueden interpretar las emociones, y además los suelen investir maestros de los maestros. Lo cierto es que el niño, me consta a ciencia cierta, ya ha exhibido algunos de estos poderes. Considero que en la situación de extrema pobreza en la que se encuentran ante una oferta económica razonable y tentadora para traerlo a Londres no tendrían más remedio que aceptar.

―Me parece escandaloso y absolutamente disparatado ―contradijo Dion Fortune.

―No tanto. Permítanme un detalle, 1888 fue el año de fundación de nuestra Orden. Tal vez sea una señal ― consideró Woodman—… La cabalística…

El Magister Templi tomó la palabra.

―Damas y Caballeros, sin duda alguna, la aportación de Sir Butler es, cuanto menos, muy interesante. Es cierto que al menos dos miembros de la Orden deberían desplazarse a la reserva a negociar y no podemos enviar adeptus minor. Deben ser miembros experimentados. Es una travesía larga, dura, económicamente costosa, y desde luego hay que sopesarlo. No obstante, el infante solo tiene siete años y por tanto se encuentra en fase temprana de formación. Con sus capacidades innatas y nuestras enseñanzas… Tal vez sea lo que estábamos esperando, y por lo tanto deberíamos proceder a votar la propuesta. Los que estén a favor de trasladar a Londres al hijo del jefe de los Blackfeet que alcen la mano.



dilluns, 19 de setembre del 2022

Crònica de moltes morts anunciades

Corbera d'Ebre, a 18 de setembre de 2022

Cadascú tenim una història personal, però tots plegats en tenim una de comuna. I és d'aquest fet que m'agradaria parlar-vos avui.

Amb un generós grup d'amigues i amics de l'Ateneu Calero, l'associació cultural de l'Ametlla de Mar, de la que en formem part, ens hem desplaçat a Corbera d'Ebre.

Corbera és un punt emblemàtic de la batalla de l'Ebre, en el que perviu encara l'aire de la guerra.

Tot plegat ha estat una tempestat de sensacions entre les quals costa navegar. Escoltar els testimonis dels supervivents, poder veure imatges reals d'aquells joves adolescents de la lleva del biberó enfrontant-se a la cruenta vida en primera línia, passejar per un poble completament devastat, buit, solitari, silenciós... Caminar pels mateixos senders que un dia ho va fer el teu oncle: Àngel Martí Llambrich, amb tan sols dinou anys, amb un fusell penjat a l'esquena. Fins i tot casualitats de la vida trobar un projectil de bala, que qui sap si fou el mateix que li va escurçar la vida; tot plegat difícil de pair. Respires la fam, la set, les puces i els polls, el fred i la por. Respires morts, sang, el so dels trets i de les bombes, les mutilacions, els afusellaments, les automutilacions per esmunyir-se d'una guerra que no havien escollit.

I és que ¿qui guanya en una guerra?, seria la pregunta. Ningú. Seria la resposta. No hi han guanyadors i vençuts, els que queda són: cadàvers, cossos mutilats, famílies amputades, pobles arrasats... tristesa i un tornar a començar des de la més absoluta misèria. I cavil·les un i mil cops, i li dones voltes, i no ho entens. Com un home, un sol home de carn i ossos com tu, amb amics, amb família, amb responsabilitats, pot iniciar un conflicte bèl·lic. Sempre és un el que pren la decisió, sempre és un el que ordena que milers de persones deixin de viure.

Sí, ahir en parlàvem: com és possible que aquesta persona pugui agafar el son? Com pot viure amb la consciència de la desfeta?

«Recordar perquè mai més torni a passar», et diuen. Però la crueltat humana no canvia. Les guerres perviuen al llarg dels anys, com si el record s'hagués fos entre el fum dels gasos químics. Els interessos econòmics personals continuen imposant-se a les vides humanes, a les que de moment encara ningú ha posat preu, sembla.

«Danys col·laterals», duríssima frase. «Matar o morir», duríssima frase. I els exèrcits continuen devastant i violant i torturant sense contemplacions, per allò de: «les ordres, no es discuteixen».

            Si totes les guerres acaben amb tractats de pau, potser fora necessari signar primer el tractat de pau i deixar en el oblit les armes. Potser fora necessari fer un referèndum abans de declarar una guerra, ben segur que el resultat no seria del seu gust, com d'altres... Potser és tan sols que les armes són el negoci més rendible del món i la resta: «danys col·laterals», per iniciar un nou negoci, el de la reconstrucció. 



dissabte, 17 de setembre del 2022

Article d'opinió del Setmanari L'Ebre.

 Avui us deixo un article d'opinió de l'Eduard Sánchez, al Setmanari L'Ebre del 16 de setembre de 2022. Com veureu fa un tast de la història de la novel·la negra i una fantàstica crítica literària de Bajo el Signo del Lobo.

Em fa il·lusió compartir-la amb vosaltres.



dimecres, 14 de setembre del 2022

Bajo el signo del Lobo, capítulo II

CAPÍTULO II

LA MISIÓN

 

Barcelona 5 de agosto de 2018.

 

Uno, a veces piensa que si tuviera la capacidad de volver atrás no cometería los mismos errores. Las muertes pesan excesivamente en la conciencia de los humanos. Vivir con tantos cadáveres te acerca demasiado al final y te enseña que tal vez ese «sí» no valió la pena. Ver a un hombre cómo Brennan en aquella situación me reafirmaba que cuando uno llega al precipicio es prácticamente imposible escapar de la fuerza de la gravedad que le atrae.

            Como cada mañana, al finalizar mi turno, me dirigí al Hospital Universitari La Vall d’Hebrón, aun habiendo transcurrido varias semanas desde su ingreso, no perdía la esperanza. Conocía demasiado bien al sargento Brennan; sabía que, si alguien tenía la más mínima posibilidad de salir del coma, era él. Ese hombre me había adiestrado para superar las situaciones más inverosímiles. Por un momento recordé cuando me reclutó en la Universidad Autónoma de Barcelona. Estaba cursando el último año de psicología clínica y empecé a destacar en la aplicación de terapias cognitivo conductuales; especialmente en la práctica de la hipnosis. Entró en el bar de la facultad y enseguida me llamó la atención. El pelo negro azabache y lacio, que le cubría los hombros; la tez oscura y magra, labrada en arrugas, como de hombre de campo, y su forma de vestir, me recordaban a los antiguos pobladores de los andes. Yo, en ese momento estaba solo, sentado en una mesa desayunando. Se dirigió directamente a mí.

            —¿Puedo? —preguntó, señalando la silla vacía.

            —Por supuesto —contesté mientras le mantenía la mirada.

            Disimuladamente, mostró la placa de la policía autonómica. En aquel momento me llamaron la atención las iniciales que figuraban en la identificación: ACIP. Inmediatamente concluí que las dos últimas letras respondían a Investigación de Personas, pero por más que me esforzaba, no podía descifrar el significado del resto.

            —Buenos días, Nil. Soy el sargento Fred Brennan, de los Mossos de Esquadra, pero puedes llamarme Lobo; es mi nombre de guerra.

            En un primer momento no supe reaccionar. No tenía ni la más remota idea del porqué aquel agente se dirigía a mí como si me conociera de toda la vida. Cuando me explicó el motivo de su presencia en la universidad y desveló el significado de las iniciales que aparecían en la placa, pensé que se trataba de una cámara oculta.

           

            Me detuve un instante a recoger a Asia. Vivía relativamente cerca de mi casa y habíamos quedado en ir juntos al hospital. Asia Llop también formaba parte de nuestra unidad. Era una preciosa morena de ojos verdes. Aún sin estudios superiores, consiguió ganar una plaza en la policía autonómica. Estudió por libre criminalística y durante cinco años estuvo destinada al Área Central de Información Exterior, donde su perspicacia no dejó indiferente a nadie. Hacía dos años que estaba en la ACIP y la verdad es que nuestra relación, a veces, iba un poco más allá de lo estrictamente profesional.

            Cuando llegamos delante de la puerta de la habitación 325, en la tercera planta, cerré los ojos e inspiré profundamente. Asia me regaló un beso abreviado y dulce en la mejilla. Entramos y cuál fue nuestra sorpresa al comprobar que al lado de la cama se encontraban conversando con el doctor García Torres: el intendente Abelló y la subinspectora Plà. Inmediatamente nos cuadramos.

—A sus órdenes, intendente —dijimos Asia y yo al unísono—, reaccionando de manera instintiva.

—Descansen —ordenó—. Asia, Nil, ¿Qué tal están?, ¿Cómo van las investigaciones?

—De momento, nada que no sepa, intendente —afirmó Asia—, la clave de la resolución del caso la tiene el sargento Brennan. Supongo que la subinspectora le habrá puesto al corriente.

—Sí, por supuesto —contesto el intendente—, y dirigiendo su mirada al neurólogo le interrogo:  —¿Doctor, ¿qué tal está?

—En principio, y salvo complicaciones, nada indica que el coma sea irreversible. El entramado neuronal que conecta con el tallo cerebral no está dañado, y los controles EEG muestran que el paciente está estable, dentro de la gravedad. Aun así, he de confesarles que el equipo de neurología tenemos serios problemas para identificar el motivo del coma. Los análisis revelan que no hay problemas de origen tóxico o metabólico. Tampoco se observan lesiones estructurales producidas por hemorragias o infartos cerebrales, ni lesiones tumorales infecciosas o por hipoglucemias. Si nos pudieran dar más información sobre cómo entró en este estado podríamos intentar despertarlo aplicando ultrasonidos sobre el área cerebral del tálamo. Se trata de realizar pulsaciones de ultrasonidos de baja intensidad que crean una esfera de energía acústica. Pueden dirigirse a diferentes regiones del cerebro para provocar su excitación. Todavía está en fase experimental; pero se podría intentar, si conociéramos las causas —concretó, García Torres.

—Lo siento doctor, el juez ha decretado secreto de sumario en esta investigación. Si lo desea deberá solicitar una orden judicial. No obstante, le puedo asegurar que este hombre está preparado para salir del coma. Como usted bien dice no es un coma de los que trata habitualmente —le precisó el intendente.

El neurólogo abandonó la habitación sin discutir la decisión. La subinspectora Plà orientó su mirada hacia Eudald Abelló, pidiendo conformidad. Este asintió con un movimiento de cabeza.

—Asia, Nil, sé que lo que les voy a pedir les parecerá una locura. No sé si están suficientemente preparados para realizar el viaje ustedes solos, pero no nos queda más remedio. El sargento no regresa y el tiempo pasa. No les puedo mentir: si las cosas se tuercen, podrían no volver jamás y por tanto esto no es una orden. Dejo la decisión en sus manos.

—Adelante subinspectora, prosiga. Somos profesionales, y cuando aceptamos entrar en la UVA sabíamos perfectamente que este momento llegaría —le aseguré.

—Bien. Nil, usted y Asia viajarán para intentar localizar al sargento y traerlo de vuelta. En caso de no dar con él procuren averiguar por qué no ha podido regresar y recopilen toda la información sobre lo que averiguó en referencia al asesinato. Saben que necesitamos resultados. Los medios de comunicación y la opinión pública están presionando a la Consejería y al Ministerio del Interior.  El director general de la Policía está fuera de sí.

—No se preocupe, subinspectora —puntualizó Asia—. Estamos preparados, no le fallaremos.

—Durante el viaje el agente Nil estará al mando y el agente Jofre Cortina controlará la monitorización y los respiradores. Si él, por el motivo que fuera, les indica que aborten la misión deben hacerlo de inmediato y si alguno de ustedes se encuentra en una situación de riesgo evidente para su vida deben volver, no quiero dubitaciones. ¿Queda claro?

—Absolutamente —le confirmé.

Asia dio su beneplácito con un gesto.

—Pues bien, señores, el agente Cortina les espera en la UVA. Tengan muchísimo cuidado; saben que aquello nada tiene que ver con esto. Les deseo toda la suerte del mundo.

—A sus órdenes, subinspectora. Intendente, si no desea nada más, nos retiramos a iniciar la preparación, de inmediato —le apunté a Abelló antes de salir.

—Nada más, Nil. Mantengan los ojos bien abiertos.

—Gracias, intendente. A sus órdenes.

 


divendres, 2 de setembre del 2022

Bajo el signo del Lobo, Capítulo I

 

CAPÍTULO I

SIRENAS

 

Barcelona, 1 de agosto de 1997.

 

      A pesar de la corta edad, hay momentos concretos de la niñez que a uno le acompañan para siempre torturándolo sin piedad y, aun queriendo, por mucho que se esfuerce, no pueden borrarse ni con el paso de los años.

El día, extrañamente, era frío y de un gris intenso, como si quisiera vaticinar que algo malo podía suceder. Padre, revisaba los niveles del viejo Citröen Saxo que había adquirido el año anterior. No tenía quejas, esta vez parecía haber acertado, el vehículo funcionaba como un reloj suizo. Madre, terminaba de preparar las maletas al tiempo que capeaba las intromisiones de mi hermana mayor, atrapada en las mazmorras de la adolescencia pidiendo constantemente atención. En aquellos tiempos se quejaba por todo, la convivencia con la rebelde no era nada fácil. Sonaba un vinilo de Eros Ramazzotti, como casi siempre. Madre, tarareaba una y otra vez La cosa más bella, hecho que revolucionaba todavía más las hormonas de mi querida hermana; ella era de Celtas Cortos y no soportaba al italiano. Yo, en vacaciones, era feliz. El hecho de reunirnos con los abuelos —que vivían en Vinaroz—, ver de nuevo a mis amigos del pueblo, poder patear las calles con ellos, robarle un inocente piquito a la Lourdes, pescar o simplemente tomar el sol en la playa, era todo lo que necesitaba en mi vida. En estos momentos, sin pensarlo demasiado, daría todo lo que tengo por volver a aquellos días.

Estaba nervioso, no quería olvidarme nada: la caña de pescar, el balón de la suerte, el saco de canicas, un par de libros del Capitán Trueno, unos cuadernillos Rubio… y los deberes: si me los dejaba no había opción al resto de planes.

Padre, lo tenía todo dispuesto: el vehículo a punto y la baca a rebosar; a mí me recordaba la Torre de Pisa; nadie entendía cómo aquellos trastos podían mantener el equilibrio.

—¡Todos al coche!, venga que en esta familia no hay forma de arrancar —vociferó padre, mientras intentaba ordenar el maletero para que cupiera la última bolsa. Le notaba alterado.

Justo al arrancar el vehículo empezó a lloviznar. El humo de los cigarrillos que padre consumía, sin medida, se hacía insoportable. Ese día estaba más irritable, como cuando llegaba a altas horas de la madrugada y discutía con madre. Mi hermana y yo nos entreteníamos chinchándonos el uno al otro, hasta que madre lanzaba por sorpresa su largo brazo e impactaba con violencia en el rostro más próximo. El silencio no perduraba demasiado. Es ahora cuando reconozco que no se lo poníamos nada fácil, a padre, para no perder la concentración.

Tomamos la AP7, iba a rebosar. El tráfico denso no permitía avanzar a la velocidad deseada. El viaje se intuía largo. El tiempo empeoraba. La lluvia era ya un diluvio; el limpia no daba abasto en expulsar la cortina de agua que se suicidaba contra la luna delantera. Padre, se aproximaba al cristal como si ganando esos centímetros pudiera ver algo mejor. Era un hombre prudente en la carretera, especialmente cuando los pasajeros éramos nosotros. Madre, seguía enfrascada en la lectura del Hola; le encantaban los cuchicheos de la prensa rosa. A medida que nos íbamos alejando de la urbe, el tráfico se hacía más fluido. Al llegar a la altura de Cambrils, la visión del asfalto era prácticamente nula; padre esforzaba la vista achicando los ojos y resoplando como un toro bravo a punto de embestir. Hubiera querido parar, pero después de calibrar las opciones llegó a la conclusión que era más peligroso detenerse en el arcén, que no seguir la marcha.

De repente, apareció un vehículo rojo que circulaba por el carril de aceleración a una velocidad endiablada; intentaba incorporarse a la vía. Padre, puso el intermitente para desplazarse al carril exterior y darle paso, cuando advirtió que un tres ejes enorme, le estaba adelantando. Intentó una maniobra evasiva.

—¡Sujetaos! —ordenó—, mientras se aferraba con fuerza al volante sin apartar la vista del retrovisor.

El impacto fue brutal. El vehículo rojo se encastó contra el lateral derecho del Citröen. Sólo recuerdo un ensordecedor estruendo, agua, frío intenso, voces y sirenas.

Cuando desperté, con la boca pastosa y un olor desagradable que me agobiaba, me extrañó no ver a mis padres en la habitación del hospital. Eran los abuelos por parte de madre quien custodiaban la cama; los de parte de padre habían fallecido hacía unos años. Estuve muchos días postrado en aquel camastro; no podría decir cuántos. Aunque pregunté una y mil veces por ellos, nunca contestaron; rápidamente desviaban la conversación a temas banales.

Una mañana se abrió la puerta de la habitación y apareció lo que quedaba de mi padre. Estaba demacrado, parecía que hubiera transcurrido una eternidad. Andaba con dificultad y sus ojos, engullidos en lo más hondo de las cavidades, me transmitían que había huido lejos, muy lejos. Mis abuelos —siempre al pie del cañón—, sin mediar palabra y cabizbajos, salieron del cuarto. Fue entonces cuando sentado al pie de la cama, padre, me dijo que mi hermana y madre habían fallecido, su cuerpo se encogió hasta casi desaparecer.

No fue hasta unos años después que padre me confesó que el joven del vehículo rojo —que, según él, dio positivo en el control de alcoholemia—, salió prácticamente ileso del choque.

A veces, sobrevivir es mucho más complicado que perder la vida. De forma incomprensible, supongo que gravemente afectados por las pérdidas, mis abuelos nunca más pasaron por casa. Me llamaban una vez por semana, para saber de mí; sus voces se debilitaban a cada conversación. A los pocos meses murió la abuela Teresa; su corazón no soportó la terrible penitencia de perder a una hija y una nieta; el sufrimiento acabó con ella. Al año, el abuelo Teo falleció de pena. Tan solo me quedaba padre. Su carácter cambió por completo. Aquel hombre rudo y retraído, supo hacer de madre, de psicólogo y de amigo, pero mi infancia se había perdido entre la lluvia de aquel desgraciado agosto.